Julio César Benítez, el uruguayo ídolo del Barcelona que murió misteriosamente. Su partida extraña y repentina, con apenas 27 años y cuando estaba por jugar un clásico con el Real Madrid, todavía es objeto de leyendas urbanas.

Contada a esta altura de los tiempos, la historia parece mentira y produce una mezcla de sorpresa y espanto. Pero es parte de la realidad: a los 27 años, en el momento cumbre de su carrera, un futbolista que estaba por jugar un clásico entre el Barcelona y el Real Madrid​ murió repentinamente.

Ocurrió el 6 de abril de 1968 y al uruguayo Julio César Benítez lo lloró toda la ciudad catalana, tanto que por la capilla ardiente que se instaló en el Camp Nou en aquellos días pasaron más de 150 mil personas. Hoy, a más de 50 años de su tragedia, muchos todavía se resisten a creer la versión oficial sobre ese desenlace.

Benítez había arrancado su carrera en el modesto Racing de Montevideo y debutó en Primera con apenas 16 años.

No había cumplido ni dos décadas de vida cuando llegó a España para jugar en el Valladolid, y desde ahí su empuje y su fuerte mentalidad ganadora en el lateral derecho de la defensa, clásica en los jugadores uruguayos, despertaron el interés de los equipos más poderosos.

Así construyó una carrera ascendente: al año siguiente pasó al Zaragoza ​y apenas duró una temporada para ser transferido en 1961 al Barcelona.

No corrían tiempos fáciles para el equipo catalán, que estaba lejos de las mieles del presente. Sufría con un Real Madrid hegemónico, que venía de obtener cinco copas de Europa consecutivas de la mano de Alfredo Di Stéfano​ y extendía su reinado al campeonato local.

Y en esa adversidad, Benítez –que llegó en buena medida para tratar de anular en los clásicos al mágico Paco Gento, mítico extremo izquierdo del Merengue- supo encontrar las respuestas que el exigente público del Camp Nou demandaba.

Con su versatilidad para ocupar diferentes posiciones dentro del campo (aunque se acomodaría definitivamente en el lateral derecho), su calidad y su talento con la pelota parada, sumado a un temperamento que a veces lo desbordaba, no tardó en cautivar a los hinchas catalanes.

El uruguayo se transformó en ídolo del equipo y ayudó a dos conquistas que paliaron en algo la sed de títulos: la Copa del Generalísimo en 1963 y la Copa de Ferias en 1966. Ya en 1968, Barcelona se ilusionaba con quebrar la racha de ocho años sin títulos y para Benítez era la posibilidad de quedarse por primera vez con la Liga.

El equipo catalán iba a recibir el 7 de abril en el Camp Nou al Real Madrid, nuevamente líder del torneo, con la chance de recortarle la ventaja de tres puntos que le llevaba. Pero todo iba a terminar de manera trágica.

Abril comenzó de mala manera para Benítez, que había pasado el fin de semana en Andorra con su esposa, Pilar Ruiz.

Cuando llegó el lunes 1 a la práctica del Barcelona, sus compañeros y los médicos se alarmaron al notar que tenía una fuerte erupción y una picazón en diferentes partes del cuerpo.

Los doctores del club le recetaron unas pastillas y al día siguiente retornó a las prácticas, pero un nuevo mareo volvió a generar preocupación. A partir de ahí, todo fue cuesta abajo.

“Su cuerpo crujía como si estuviera envuelto en papel de celofán”, relató su viuda en La Vanguardia sobre el agravamiento del lateral uruguayo, que el miércoles empezó a delirar y fue internado en el Hospital de la Cruz Roja.

Los esfuerzos médicos por salvarlo resultaron inútiles y, después de haber entrado en coma, Benítez murió el sábado de madrugada, el día anterior al trascendental partido contra el Real Madrid.

El informe oficial habló de una “muerte por fibrilación ventricular consecutiva a una séptico-pihoemía intensísima” y desde el Barcelona aseguraron que el cuadro se debió a la ingesta de mejillones en mal estado durante el viaje a Andorra.

Pero su esposa lo negó: aseguró que Benítez solo comió verdura y carne. Un dato la respaldaba: ni ella ni sus acompañantes tuvieron síntomas de intoxicación.

Pilar no dudó en lanzar una afirmación inquietante: aseguró que Benítez “fue envenenado”, aunque no aportó más precisiones al respecto.

También el médico particular de Giménez, José Baxarias, descartó la tesis oficial. “No hay razón médica para que un atleta como Benítez no haya superado una infección por mejillones”, afirmó.

Y sumó otra teoría: una hepatitis mal curada, sumada a una falta de cuidado en el régimen de alimentación que ratifican sus compañeros.

“Hace cuatro años tuvo que guardar una larga convalecencia de casi tres meses a causa de una hepatitis.

Estuvo muy delicado pero consiguió reponerse. Su fuerte naturaleza y su optimismo le hacían pensar que era algo sin importancia. A veces se olvidaba del régimen que le habían aconsejado los médicos y entonces, era cuestión de hacerle reflexionar.

Era un hombre de 27 años pero tenía cosas de un chiquillo de 14”, comentó en ese momento Angel Mur, compañero suyo en aquel Barcelona.

En medio de las dudas y la tristeza, el partido entre Barcelona y Real Madrid se suspendió.

Luego de un día de duelo, pasó para el martes. Ese día, en un Camp Nou que todavía estaba sumergido en la incredulidad, los jugadores catalanes no pudieron cumplir su deseo de dedicarle la victoria a Benítez.

Zaldúa puso el primer tanto para el local a los 12 minutos, pero casi no se gritó. Poco después Pirri anotó el 1-1 definitivo, que allanó el camino para un nuevo título del Real Madrid. A esa altura, a nadie le importaba demasiado.

Federico Kotlar